Tuesday, May 23, 2006

Liberal o con gloria morir


En menudo entrevero se han metido los blancos. La mayor colectividad opositora se lanzó a charlar sobre ideología. En este tiempo de consignas descafeinadas, y cuando todos los partidos uruguayos vagan en busca de rumbo político, es todo un acto de valentía.

La Convención del Partido Nacional abordó el debate de un proyecto de Declaración de Principios aprobado de modo transitorio en 2002. Contando aquel documento, los ajustes en discusión conformarían el décimo texto sobre la cuestión en los 170 años transcurridos desde el sangriento parto de esa fuerza política en Carpintería.

En una sesión sin quórum, varios convencionales cuestionaron el sábado la definición liberal defendida por Juan Andrés Ramírez, sin tomar en cuenta que la Declaración de Principios vigente ya la contenía.

"Yo no soy liberal", dijo el edil montevideano Fernando Ripoll. ¿No lo es o dejó de serlo? ¿Ignoraba que su partido se había definido como iberal cuando el año pasado salió a cazar votos?

Pero Ripoll, al menos, se refirió a la doctrina. En cambio, otro convencional, Augusto Botti, consideró mantener al Partido Nacional en el campo liberal era contraproducente en lo "estratégico". Y Juan Martín Posadas sentenció que la palabra "liberalismo" estaba "cargada".

En un parangón religioso que Posadas comprenderá, la ideología es como un dogma, con vocación de perpetuidad. Lo electoral es como el rito, que suele cambiar con las modas. Aunque ideologías y religiones suelen alargarse o acortarse según el gusto predominante, como la minifalda.

Botti y Posadas querían discutir un panfleto, no una declaración de principios. Ni siquiera un programa de gobierno. La discusión ideológica es otra cosa y determina las demás. Los blancos deberían saberlo: su añeja consigna reza primero "somos idea", y después "la unión nos hará fuerza".

La reacción antiliberal es comprensible. Las urnas castigaron al Partido Colorado, paradigma del liberalismo nacional para cientistas políticos de todo el mundo. Muchos nacionalistas se niegan a compartir la magra herencia de la "familia ideológica" con un pariente tan derrochador.

Blancos y colorados pueden ahora aprovechar el llano para definir con más claridad las ideas por las que darán pelea en el futuro, porque hacerlo mientras se gobierna es tan peligroso como reparar un avión en pleno vuelo.

En el siglo pasado, principios disímiles y hasta contradictorios convivían bajo las amplias sombrillas de los partidos tradicionales. En las urnas les sirvió: la aspiradora de votos y la defensa de intereses particulares pagan mejor que las teorías, algo que luego asumió esa coalición de partidos de ideas –cada vez más morigeradas– que es el Frente Amplio, desde donde surgen posiciones tan conservadoras como las de promover la instrucción militar obligatoria y la penalización del aborto voluntario.

Suena más melodioso que los partidos se definan por ideas y no por intereses. Pero eso no se resuelve por la "carga" de las palabras. Tiene que ver, más bien, con la aceptación de mitos sobre el origen de la sociedad (el "buen salvaje" para los liberales; el "hombre lobo del hombre" para los conservadores) y sobre la posibilidad de torcer el rumbo de la historia o la resignación ante un designio fatal. También con consideraciones profundas sobre los derechos y deberes de individuos y grupos y sobre el papel del Estado. Esos son ingredientes que no deben faltar en una buena cocina ideológica.

El credo liberal se ha diluido con adjetivos –económico, político, cristiano, de derecha, de izquierda– y con prefijos –neo o paleo, como prefería Arturo Ardao–, al punto que ya poco significa. Muchos políticos uruguayos, incluso, se han disfrazado de liberales para ocultar convicciones conservadoras.

La profesión de fe que carga el Partido Nacional se aparta del legado conservador –bastante evidente en el Herrerismo, por ejemplo–, al formular un "liberalismo igualitario y solidario" que calca la tríada de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad). En términos de geometría política, es una prédica más inclinada a la izquierda que la práctica del gobierno de Luis Alberto Lacalle.

Discutir y definir la ideología de un partido es, sí, un acto de valentía. Pero tampoco es cuestión de mascar vidrio: a ningún partido se le ocurriría, a estas alturas de la historia, apartarse de los principios de la Revolución Francesa.

El panorama se está volviendo bastante aburrido. Por favor, ¿algún político tendría a bien decir algo de derecha?

Marcelo Jelen

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